4 días sin María José


Solo cuando alguien vive cuatro días esperando noticias de un ser querido que desaparece, comprende la verdadera fragilidad de la existencia. Es entonces cuando se entiende lo desgarradora que es la ausencia; días que se estiran más de lo común y terminan con la incertidumbre de no saber cómo duerme, cómo está o si volverá a ver la luz de un nuevo día.

Buenaventura y Colombia entera necesitan educarse. El flagelo de la desaparición es complejo, más en territorios como el nuestro, donde antes de 2016 ya se reportaban al menos 940 personas desaparecidas, según la UBPD. Más allá de las cifras, un solo día de ausencia genera fracturas emocionales y psicológicas profundas en la familia. Por respeto a ese dolor, deberíamos cuidar nuestras palabras o, en el mejor de los casos, guardar silencio.

María José tiene apenas 13 años. Es una niña. He escuchado comentarios crueles como: "Seguro anda disfrutando". Gente: si así fuera, cualquier manipulación de un adulto hacia una menor de 13 años constituye un delito. La ley colombiana es clara: un menor de 13 años no tiene capacidad legal para consentir. Cualquier adulto que se aproveche de esta vulnerabilidad comete un crimen. Aunque en este caso nadie sabe qué pasó, muchos se atreven a juzgar.

Nadie piensa en su madre; nadie piensa en su familia. Lanzan frases para justificar la desaparición y restarle importancia. Lo peor es que, a veces, las autoridades caen en ese juego, asumiendo que porque algunos aparecen "como si nada", no es necesario buscar con urgencia. No es así. El deber constitucional de buscar a un desaparecido debe cumplirse siempre. Las instituciones tienen una función y, en este caso, hablamos de la vida de una menor.

Normalizar la violencia en Buenaventura nos ha llevado a justificar lo injustificable. Normalizar la desaparición nos ha hecho cínicos, capaces de comentarios despreciables que dañan la integridad emocional de quienes viven el desespero de la búsqueda.

Ya son casi cuatro días sin María José. Se ha buscado por todas partes sin éxito. Este caso demuestra que Buenaventura está lejos de tener la capacidad para resolver incluso lo más básico. ¿Por qué ocurre esto? Quizás no tengamos la respuesta inmediata, pero es una pregunta obligatoria: si buscar a una sola niña es así de complejo, imaginen el reto de hallar a las 940 personas que ya faltaban antes de 2016.

En una ciudad con cámaras, inteligencia policial y todas las autoridades imaginables, que pasen cuatro días sin rastro de una niña convierte la tragedia en una simple estadística. No quiero limitarme al reclamo, sino invitar a la empatía; no esa que se escribe, sino la que se vive al intentar sentir lo que sufre un hogar cuando una niña de 13 años no regresa a casa.

Si no van a ayudar a buscar o a proponer soluciones, al menos no sean jueces crueles. Sus juicios son un infierno adicional para la familia de María.

Para quienes no la conocen: María José canta, compone y es alegría pura. Ser parte de su familia me ha permitido conocer su corazón, el de su madre y sus hermanos, quienes hoy la esperan con amor, pero también con un dolor que crece cada hora. Recuerdo el pasado 24 de diciembre: verla jugar y bailar entre otros niños trae dulzura, pero también la inmensa tristeza de no saber dónde está hoy.

Cualquier situación, por dura que sea, debería unirnos. La vida y la dignidad valen más que cualquier prejuicio. Esperamos encontrarla sana y salva, tal como salió de casa. Al final, eso es lo único que importa: que regrese, porque la espera sin respuestas es una herida que no cierra.


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